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A tres décadas de su llegada al país, Productos Trujillo celebra una historia marcada por la persistencia y la difusión de la cultura gastronómica española, en un escenario donde Espacio Food & Service, que se realizará entre el 29 de septiembre y el 1 de octubre en Espacio Riesco, ha sido testigo del crecimiento de propuestas que hoy forman parte del consumo habitual.

 

Miguel Ángel García Moreno quería que el nombre de su emprendimiento en Chile, una apuesta para introducir la gastronomía ibérica y charcutería artesanal en el país, fuera corto, fácil de memorizar y, sobre todo, bien español. Lo encontró en sus recuerdos de juventud.

Miguel Ángel García Moreno, fundador de Trujillo.

“Yo hice la instrucción del servicio militar, que en aquellos años aún era obligatorio, en la provincia de Cáceres, cerca de la famosa ciudad de Trujillo (España) y era donde salíamos a pasear cuando nos daban una tarde libre. Y  después de listas largas, cortas, y muchas vueltas, ¡fue el que quedó!”, recuerda. Era 1996, el año en que nació Trujillo y sus productos.

 

La historia de García Moreno en Chile no nació en ese momento, por cierto. Trabajaba en los mercados financieros en Madrid, en JP Morgan, cuando empezó a rondarle la idea de emprender. “Tenía la inquietud de hacer algo propio y en el sector de la alimentación”, cuenta. En paralelo, el contexto internacional le abría una oportunidad inesperada: varios países comenzaban a liberalizar la importación de jamón serrano, un producto símbolo de la identidad culinaria de España.

“Todo eso se unió a las recomendaciones de algunos buenos amigos chilenos que vivían entonces en Madrid, lo que hizo que el proyecto fuera tomando cuerpo”, añade García.

Lo que vino después no fue inmediato y requirió de paciencia. “Introducir el jamón serrano en Chile fue fácil, hacer que el público lo incorporara a sus productos de consumo habitual costó más”, explica. La estrategia fue tan simple como exigente: presencia constante y contacto directo. Durante un año completo, cada fin de semana, García se instaló en distintos supermercados para ofrecer degustaciones. “Como empecé de muy abajo y con muy pocos recursos, las hacía yo mismo”, recuerda. Uno a uno, los clientes comenzaron a familiarizarse con un sabor que hasta entonces no era parte de la dieta nacional.

Ese trabajo silencioso fue delineando el camino de una marca que apostó desde el inicio por tres principios claros: autenticidad, calidad y servicio. Con el tiempo, Trujillo amplió su propuesta más allá del jamón serrano, incorporando jamones ibéricos, quesos de Castilla-La Mancha, embutidos, conservas y otros productos que buscan acercar la dieta mediterránea al público chileno. A ello se sumó, en el año 2000, la instalación de su planta en Santiago, donde desarrollan una línea de productos cárnicos elaborados con materia prima local y condimentos importados directamente desde España, manteniendo el carácter original de sus recetas.

Mirando hacia atrás, García identifica dos momentos que definen el recorrido de la empresa. “La introducción en 1996 y la masificación del jamón serrano español, ése será un orgullo que a estas alturas nadie nos podrá quitar”, afirma. El segundo hito, dice, fue precisamente el paso hacia la producción propia en Chile, consolidando una operación que combina tradición europea con desarrollo local.

Productos parrilleros de Trujillo.

Treinta años después, el consumo de jamón serrano ya no es una rareza ni una curiosidad importada. Está presente en celebraciones, restaurantes y hogares, asociado a la idea de compartir y disfrutar la mesa. En ese tránsito, marcas como Trujillo no solo trajeron productos, sino también una forma de entender la gastronomía. Una historia que comenzó con un nombre elegido al azar y que hoy se reconoce en cada corte, en cada sabor, y en cada encuentro alrededor de la comida.