La comida es el único mercado verdaderamente inagotable del planeta porque, sencillamente, toda la humanidad necesita alimentarse cada día. Sin embargo, detrás de ese acto cotidiano opera una maquinaria productiva que pocas veces se percibe como tecnológica, aun cuando hoy interviene desde la formulación de una receta hasta la entrega final al consumidor. Esa fue una de las premisas que marcó el conversatorio sobre inteligencia artificial y alimentación en Espacio Food & Service, un encuentro moderado por el fundador de Emprende tu Mente, Daniel Dacarett, y que tuvo como protagonista a la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao; y Silvia Díaz, presidenta del Consejo Nacional de CTCI (Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación para el Desarrollo).
Durante el panel se planteó que la inteligencia artificial ya no puede entenderse como un adorno de última hora ni como un elemento accesorio en los modelos de negocio. La ministra Lincolao enfatizó que el sector alimentario chileno atraviesa un punto de inflexión en el que se mezclan el cambio climático, la automatización y la necesidad de diversificar la oferta. Desde grandes viñas que ya diseñan perfiles de sabor asistidos por algoritmos para conectar con nuevas audiencias, hasta la producción agrícola tradicional que busca adaptarse a la sequía, la integración de herramientas digitales avanzadas ya es una condición básica de competitividad internacional.
Para que ese salto ocurra sin dejar a nadie en el camino, el debate abordó la brecha que suele separar los avances científicos del mercado real. Chile cuenta con capacidades probadas en biotecnología y sustentabilidad, dijo la ministra Lincolao, pero el desafío radica en lograr que los desarrollos gestados en las universidades se traduzcan en productos comerciales con tracción. En esa línea, se destacó la reciente tramitación de la ley de transferencia tecnológica, inspirada en ecosistemas donde la academia y la empresa dialogan para convertir el conocimiento en soluciones concretas, replicando modelos donde la investigación encuentra financiamiento temprano y escala con rapidez hacia mercados globales.
La conversación también puso el acento en la dimensión ética y social de la transformación técnica. La tecnología debe concebirse como un bien común que no profundice la desigualdad territorial, atendiendo de manera prioritaria a la agricultura familiar campesina y a los pequeños productores, quienes requieren acceso a datos confiables, capacitación continua y herramientas adaptadas a sus realidades. A su vez, se subrayó que la gobernanza de datos y la ciberseguridad representan pilares ineludibles: no es posible desplegar inteligencia artificial ni avanzar hacia la computación cuántica sin infraestructuras seguras que protejan los procesos y garanticen reglas claras para todos los participantes de la cadena.
Hacia el cierre, la ministra instó a dejar atrás los temores y concentrar las energías en la colaboración y la creación de comunidad entre emprendedores.